‘La Hoguera Mágica’, de Ana Rosa Durán Medina

La Hoguera Mágica

Alicia era una niña muy inteligente y despierta. La chiquilla, a sus 10 años, era un verdadero “ratón de biblioteca”. Le encantaba leer. Era su pasión. Desde que su mamá, siendo ella casi un bebé, le leía cuentos y empezó a enseñarle las primeras letras, Alicia aprendía con asombrosa facilidad a distinguir primero las vocales y luego más tarde, las consonantes. Fue una de las primeras niñas que aprendió a leer en su colegio. Aparte, era muy buena estudiante. Sus padres no podían estar más orgullosos de ella.

La pequeña Alicia, por las tardes, después de hacer la tarea del cole, se iba a la Biblioteca de su pueblo, que por cierto se llamaba “Biblioteca Ernesto Rodríguez Abad”, con sus amigos Mario y Carolina. Y allí se pasaban los niños la tarde, leyendo libros y cuentos. Disfrutaban con las aventuras y desventuras de los personajes, las brujas, las hadas, las princesas, los dragones, los ogros, los castillos, los gigantes, los preciosos carruajes, los sapos que a veces se convertían en príncipes, pues habían sido víctimas de algún encantamiento, los caballeros que luchaban con su espada por liberar a su amada princesa prisionera en la torre del castillo, las historias en que se hacía justicia y los malos eran castigados y los buenos tenían un final feliz. Todo un mundo de maravillosas historias por descubrir.

Oye Ali – preguntó Mario – ¿por qué se llama así la biblio? ¿Quién es ese señor?
Pero Mario ¿todavía no lo sabes? Es Ernesto – bueno aunque mis padres a veces lo llaman Tito no sé porqué -un señor que escribe cuentos y libros, y es profesor, y cuenta historias, y además fue el que inventó lo del Festival del Cuento.
Jo, que listo – dijo Mario, un poco sonrojado por su ignorancia.
Ay Mario – que despistado eres – dijo entre risas Carolina.
Ya entiendo. Por eso le han puesto su nombre a la biblioteca. Porque nuestro pueblo está agradecido por ese festival tan bonito que organiza cada año.
Pues claro – dijo Alicia – mis padres dicen que tenemos que sentirnos muy orgullosos de Ernesto, que somos un pueblo muy conocido gracias al Festival.

Y allí continuaron durante un buen rato, hablando sobre el Festival del Cuento, y lo bien que se lo pasaban escuchando las historias y los cuentos que los narradores venidos de diferentes países, les contaban.
Y en fin, después de disfrutar de su “tarde literaria”, se fueron cada uno para su casa, pues empezaba a oscurecer.

Alicia, como cualquier niña, tenía muchos juguetes y en verdad adoraba sus bonitas muñecas y sus suaves animalitos de peluche. Pero nada la hacía más feliz que leer. Sumergirse en aquellos libros llenos de fantasía, de magia, de ilusión, donde todo podía ser posible. Y los regalos que más agradecía por su cumple, o cuando venían los Reyes Magos, eran los cuentos y libros con bonitas historias de viajes y aventuras.

También a nuestra amiguita le encantaba la historia, sobre todo la evolución de los seres humanos. Siempre escuchaba muy atentamente todo lo que Doña Matilde, su profesora, les explicaba sobre como nuestros antepasados habían descubierto todas las cosas que hoy en día todos utilizamos, y que vemos tan normales que casi no les damos importancia. Pues bien, la clase de hoy trataba sobre el fuego. Y lo importante que su hallazgo ha sido para la raza humana. Fue descubierto durante la era del “homo erectus” que significa “hombre que camina erguido”, y fue el antecesor del “homo sapiens” que quiere decir “hombre sabio” el cual fue evolucionando hasta llegar al ser humano actual.

Les contaba la maestra que primeramente obtenían el fuego de la propia naturaleza, cuando caía un rayo por ejemplo y prendía fuego en las ramas de los árboles o en las hojas secas que caían al suelo. Al principio le temían y huían despavoridos a refugiarse en sus cuevas. Pero poco a poco, se fueron acercando y cogían la rama encendida como si fuese una antorcha. Así fueron descubriendo que aquel fuego les podía dar calor cuando tenían frio, les alumbraba el camino en la oscuridad, podían ahuyentar a los animales más fieros que se acercaban para atacarles y que podían cocinar la carne, que antes comían cruda. El problema estaba que cuando no había tormentas y no caían rayos, no tenían fuego. Entonces empezaron a pensar cómo podían ellos producir ese fuego. Y pensando, pensando, pues empezaron a frotar muy fuerte dos palos, o las piedras entre sí, y comprobaron que salían chispas, y entonces arrimaban una rama y veían que ardía. Así lograron hacer fuego y como eran nómadas, siempre lo transportaban con ellos en forma de antorcha y nombraban a un responsable de su cuidado, para que vigilase que no se apagara, por su dificultad en obtener un nuevo fuego.

Alicia escuchaba muy atentamente el relato de la profesora. Y pensaba: “que importante que nuestros antepasados descubriesen el fuego. Si no hubiese sido así, no podríamos cocinar la comida, ni encender la chimenea para calentarnos cuando hace frío, ni podríamos alumbrarnos en la oscuridad cuando hay un apagón de luz”. Y así continuó la niña un rato pensando en todas las cosas que no podríamos hacer sin el fuego.

Cuando llegó a casa, Alicia contó a sus padres, que siempre le preguntaban cómo le había ido en el colegio, todo lo que había aprendido.

Mamá, papá, me ha encantado la clase de historia de hoy. La profesora nos ha explicado cómo se descubrió el fuego por nuestros antepasados. nos puso unas proyecciones con unos dibujos para que viésemos como eran y cómo vivían.

Me alegro hija – contestó su padre – se ve que te ha entusiasmado la historia del descubrimiento del fuego. Y si, ha sido muy importante para la vida de las personas en este planeta. Tan importante como el agua, la tierra y el aire.

Así es Ali – dijo su madre – sin esos 4 elementos no podríamos existir. Pero hay que utilizarlos con cuidado y respeto por la naturaleza. Porque un mal uso de ellos puede convertirlos en nuestros enemigos.

¿Qué quieres decir mami?

A ver cariño. Estamos hablando del fuego ¿Es algo muy útil para las personas verdad?

Si claro mamá – respondió la niña.

De acuerdo. Pero si no somos responsables de su buen uso, podemos quemarnos, o se puede producir un incendio.

Ya lo entiendo mamá. Por eso siempre que vamos al campo y encendemos el fuego para hacer la comida, al final papá se encarga de apagarlo bien y rociar todo con agua.

Exactamente hija. Hay personas que por descuido no lo apagan bien y eso puede provocar un incendio.

¡Y hay que avisar a los bomberos! Exclamó Alicia.

Si cariño. Y no siempre es fácil apagar el fuego, que se extiende muy rápido. Y los bomberos arriesgan su vida por ello.

Al día siguiente, cuando estaban en el recreo, Alicia les contó a sus amigos lo que sus padres le habían dicho acerca del fuego y que había que utilizarlo bien. Carolina y Mario la escuchaban con atención y ambos estuvieron de acuerdo. Había que ser muy responsables con el fuego.
Por la tarde, después de la merienda, quedaron los tres amigos en encontrarse en la pequeña plaza del pueblo para jugar. Y luego ir, como hacían siempre, a la biblioteca a leer.
Esa tarde se encontraron con una agradable sorpresa: habían llegado nuevos libros infantiles. Las bibliotecarias eran unas chicas muy simpáticas, se llamaban Maluz y Luci, y sabían que a los niños les fascinaban los cuentos, así que se los mostraron encantadas.
Carolina, Alicia y Mario abrieron los ojos como platos: que libros de cuentos más bonitos, que ilustraciones más alegres, y que olorcito a nuevo tenían.
Se sentaron los 3 en su rincón favorito y empezaron a leer aquéllos maravillosos libros. Pasaban cada página con sumo cuidado, leyendo con calma cada párrafo, admirando cada dibujo, sumergiéndose en cada historia. Que buenos ratos pasaban en aquel lugar repleto de libros.
Alicia, tan ocurrente como siempre, le dijo a Maluz:
¿Sabes Maluz? Para mí la biblioteca es como la cueva de Alibabá.
¿Qué quieres decir Alicia?
Pues que es como un lugar secreto que esconde los mejores tesoros: los libros y los cuentos.
Me parece una muy buena definición. Pero la biblioteca es mejor todavía, porque aquí todos los niños y niñas pueden entrar, y los mayores por supuesto, y no hay que decir ninguna palabra mágica para que se abra la puerta.
Jajaja – rieron los 3 niños. Es verdad.
¿Se imaginan chicos? Que luego a mí se me olvidara la palabra mágica y no pudiera abrir la biblio? Les dijo Maluz.

Ahora rieron todos ante tal ocurrencia. Y se despidieron hasta el día siguiente.

Alicia llegó a casa y, mientras mamá preparaba la cena, se fue a su habitación a jugar un rato. Durante la cena con sus padres, Alicia les contaba todas las cosas que había aprendido ese día y lo bien que se lo pasaba en la biblioteca.
Alicia – le dijo su mamá – como sabemos cuánto te gustan los libros y la historia, ¿qué te gustaría ser de mayor?
Quiero ser profesora mamá, como Doña Matilde, y enseñar a los/as niños/as todas las cosas tan importantes que yo estoy aprendiendo.
Estupendo hija. Pues ya sabes, a estudiar mucho.

Al día siguiente precisamente tocaba clase de historia, y Doña Matilde, su profesora, les contó a todos/as que la clase de historia iba a realizar una actividad al aire libre. Se trataba de una “velada literaria” alrededor de una hoguera.

Los niños la miraban incrédulos.
Mario levantó la mano.
Maestra – y ¿eso qué es? ¿Qué es una velada?
A ver chicos – explicó la maestra- una velada es una reunión por la noche para hacer alguna actividad o diversión.
Y ¿nos vamos a reunir por la noche? Preguntó esta vez Carolina.
Esa es la idea – dijo Doña Matilde. Organizaríamos una velada por la noche para leer libros, cuentos, contar historias, pero todo alrededor de una hoguera. Cómo hemos estado estudiando el descubrimiento del fuego, así haremos una clase práctica. Estaremos calentitos y nos dará la luz necesaria para leer ¿Qué les parece?

Qué bien profe, que divertido – dijo Alicia.
Sí, me encanta la idea – dijo Mario

Y todos los niños estaban tan entusiasmados con la idea que incluso se pusieron a aplaudir.

Bien, veo que a todos les parece estupenda la actividad. Hablaré con sus padres, para que también participen y les acompañen. Todos traerán libros y cuentos de casa. Y yo también llevaré algunos.

Y así fue como se organizó dicha velada literaria. Como el tiempo estaba bueno y la temperatura agradable, se celebraría en una zona cercana a la playa, donde no hubiese ningún peligro para encender la hoguera.
Todos participaron, padres, madres y alumnos/as. A todos les había encantado la iniciativa de Doña Matilde.

Y por fin llegó la noche esperada. Los padres se habían encargado de recolectar maderas, ramas, y cosas inservibles que se pudieran quemar en su hoguera.

Entre todos crearon un ambiente cálido, ideal, muy cerca del mar, era perfecto.
Se fueron sentando todos alrededor del fuego, y empezó la ronda de lectores. La primera, por supuesto, fue Doña Matilde, que leyó un libro sobre la historia de los guanches, que encantó a todos.

Luego continuaron uno por uno, todos los niños de la clase, contando sus cuentos e historias. Hubo para todos los gustos: de miedo, de amor, de magia, de misterio…

Cada vez que un niño o niña terminaba su relato, todos aplaudían.
Que noche tan especial. Seguro que todos la iban a recordar siempre. Se habían juntado el fuego, con su luz y calor, con la lectura, una combinación mágica.

Pero lo mejor de todo era aquello que ninguno de ellos podía ver: a su alrededor, mientras leían sus cuentos e historias, revoloteaban alegres y divertidas las hadas, los duendes, los elfos….. ¿Qué no se lo creen? Pues es cierto. Mientras un niño, en cualquier parte del mundo, lee un cuento, la magia se produce. Y aunque no podemos verlos con los ojos, sí que podemos sentirlos con el corazón.

Y colorado, colorín, este cuento ha llegado a su fin.

F I N

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